Mi vida transcurre (como la de todos, supongo) por etapas. La primera de todas no la recuerdo muy bien, porque abarca mi más tierna infancia, y la recuerdo más como un conglomerado de cosas que como una tendencia en sí.

La segunda y la tercera fase se solapan entre si, pero la tercera es más corta. Esto, que dicho así suena muy raro, tiene su explicación. De pequeñita siempre me había gustado dibujar, pero lo hacía como todos lo niños en esas edades: en el cole y en casa, haciendo garabatos. Cuando cumplí 9 añitos convencí a mis padres para que me apuntasen a clases de dibujo y pintura y ahí le cogí gustillo al arte. No destacaba especialmente, pero era una actividad que me relajaba; la que más. Ese fue el comiendo de una etapa que duró diez años. Una década en la que dibujaba regularmente, a veces más, a veces menos, pero lo hacía. Disfrutaba mucho con ello, y aún sigo disfrutando, aunque por un cúmulo de situaciones, ahora apenas toque los lápices. Ya por aquel entonces me gustaba también escribir, pero si no era para ejercicios de lengua del colegio, apenas sí hacía algo.

Fué tambíen por aquella época, a los 9 ó 10 años, cuando empecé a pegar estirones. Siempre había sido una niña alta, pero lo de crecer a un ritmo de unos 10cm al año supuso un cambio. En esas edades siempre te recomiendan hacer algun tipo de deporte y mi madre me animó a que me apuntara a un equipo de baloncesto. Sin embargo me apunté a la escuela de voleibol, y me gustó tanto que continué jugando durante casi 7 años. Lo dejé cuando perdí la ilusión, cuando ir a entrenar se volvió tan serio que en lugar de suponer una válvula de escape para las tensiones, las tristezas y los enfados como hasta entonces había sido, y pasó a convertirse en una carga. Decidí soltar lastres y ahí se cerró una etapa. 

Había acabado la etapa deportiva (en cuanto a deporte de forma intensiva), pero dibujar y pintar seguía dándome energía. Así siguió hasta que empecé la universidad. Incluso estudié bachillerato artístico y me planteé la opción de intentar estudiar Bellas Artes. Sin embargo, al final me decanté por el periodismo, y entonces, no sé muy bien por qué, fui dejando de dibujar. Progresivamente. Había comenzado la etapa de las letras, de la palabra escrita. En vacaciones retomaba mis lápices y pinturas, pero la falta de espacio y tiempo podían conmigo en cuanto empezaba el curso. Y así sigo. 

En Amberes, aunque los llevé conmigo en la maleta, no toqué ni un lápiz. Mi inspiración se traducía en palabras más que en dibujos. Ahora, en esta nueva etapa, después del erasmus, me gustaría  volver a empuñar  mis  pinceles,  ceras,  pasteles, carboncillos  y  lápices, pero tengo que admitir que una parte de mí teme haber olvidado aquellas destrezas después de un periodo de inactividad tan largo. A pesar de todo, creo que lo haré, porque siento que la pausa ya ha durado suficiente.

Gracias, FdA, porque viendo tus dibujos me has devuelto las ganas de pintar.

Mi hermana pensativa(Dejo aquí una foto de un retrato, un poco particular, que hice a mi hermana, hace ya un par de años)