Cuando yo era pequeñita (muy, muy pequeñita) salía por la tele una bruja que tenía cables en la cabeza. Era la Bruja Avería.No se ría de la Bruja Avería

A mi los cables no me salen de la cabeza, sino de un cajón que pronto se me va a quedar pequeño, y que al paso que se llena voy a acabar llevando el look de la Bruja Avería.

Aunque a simple vista no nos demos cuenta, están por todas partes. Nos rodean. Empiezas con el cargador del móvil, luego llega el cargador de las pilas, el cable usb y el cargador del mp3, y después ya es como una avalancha: el cable de conexión a internet del portátil  (que gracias al wireless he podido relegar al cajón), la webcam, los cables de la cámara de fotos (usb, el que la conecta con la tele y demás), los cables de los altavoces del ordenador, el cable que conecta la grabadora de voz al teléfono y el que la conecta a otras fuentes de sonido,etc.

Al principio es fácil saber de dónde es cada uno, pero llega un momento en el que te acabas planteando pegarles una etiqueta con el nombre y su origen, como la que llevan las vacas en las orejas. Si yo aún no lo he hecho es por pereza. Un día se me va a perder alguno cuando de verdad lo vaya a necesitar. Confesar mi caos de cables me hace sentirme un poco estúpida, pero me consuela el hecho de que me consta que no soy la única con este problemilla.  

Esperemos que la era del wireless no se limite a las conexiones a internet. No estaría mal que la batería del móvil se recargase de forma inalámbrica… Por ejemplo, que tuviese una plaquita solar, como la de las calculadoras y que con ponerlo un ratito al sol ya funcionase todo el día, o metiéndolo en agua un rato, o qué sé yo. En definitiva, algo que nos librase de convertirnos en electroduendes con el paso de los años.